13 julio 2026

 Capítulo 211 Senderos de sumisión

 Tiempo estimado de lectura: una hora cinco minutos.

 

 

De sobra sabes
que eres la primera
Que no miento si juro que daría
por ti la vida entera


Y sin embargo un rato cada día
Ya ves
Te engañaría con cualquiera
Te cambiaría por cualquiera

 

Joaquín Sabina 1996

 

 

Prólogo: El Sedante de la Entrega

 

Madrid se ve más limpia, más distante, desde los ventanales de un piso noble. Una sexta planta de vistas privilegiadas que convierte la ciudad en un cuadro lejano.

 

Tras la ruptura, el mundo de Carmen se redujo a unas maletas a medio hacer y un abismo; pero Tomás está allí para pavimentar el vacío. No solo ha elegido la ubicación, ha diseñado el perímetro de su nueva existencia. Ahora, entre paredes de estuco veneciano y techos altos, Carmen no habitará una casa, sino una tregua financiada.

 

Lo que empezó siendo un rescate ha terminado por revelar su verdadera naturaleza. Carmen ha dejado de engañarse con eufemismos románticos. No es la compañera de viaje de Tomás ni su pareja ni su amiga; es su concubina, y lo asume con una lucidez que asusta. Ha aceptado el papel de mujer mantenida con la misma naturalidad que se acepta un diagnóstico y su consiguiente tratamiento médico. En este escenario de lujo a medio decorar, ella es la pieza de mobiliario más valiosa, la que calma las tensiones del hombre que entrará y saldrá con llave propia.

 

Tomás es, a su manera, un benefactor piadoso. Ha entendido que para que Carmen no se hunda en el duelo de la separación, necesita no pensar. La provee de todo lo necesario y lo superfluo —joyas, seguridad, silencio— para que solo tenga que ocuparse de ser un remanso de paz. Y ella responde de la única forma que él reclama: con una disponibilidad absoluta. No hay humillación en su entrega, porque el dolor de la pérdida es tan agudo que cualquier otra sensación parece secundaria.

 

Dotar de calma, ser objeto de deseo para su dueño le permite dejar de ser sujeto de dolor para sí misma. La bondad de Tomás, manifestada en su protección y en su velada exigencia, funciona como un narcótico. Mientras él habita su cuerpo y provee su vida, Carmen no tiene que enfrentarse al fantasma del ausente. En esa normalidad de ser la "querida", en esa rutina de piel, sexo y mármol, ha encontrado el anestésico perfecto para sobrevivir al naufragio.

 

Aún está a tiempo. Observa los preparativos, aprueba las decisiones ya tomadas, celebra los electrodomésticos de alta gama recién llegados, los muebles que no eligió, las lámparas que aceptó y espera. No será hasta después de Semana Santa. Aún hay tiempo.

 

 

La boca llena

 

Esther se prometió que jamás le contaría a Carmen lo que había sucedido, pero aquello la cambió para siempre.

 

Trabajaba demasiado, todos se lo decían. Pasaba horas y horas frente a la pantalla, refugiándose en la rutina diaria para intentar olvidar lo que ocurría de puertas adentro en su propia casa. Su matrimonio se hundía sin remedio sepultado bajo el peso de una soledad compartida que la asfixiaba. En medio de ese desierto afectivo, crecía un anhelo profundo por algo más intenso e inalcanzable; una necesidad imperiosa de experimentar una sacudida que la arrancara, aunque fuera por un instante, de aquella monotonía gris.

 

Todo comenzó a última hora de una tarde cálida que sabía a primavera. Daniel estaba fuera y Esther se apuntó a una noche de chicas. Ya en casa, se arregló como no lo hacía en mucho tiempo, con una ilusión que creía perdida. Habían quedado en un bar de Malasaña, un local envuelto en luces de neón y música electrónica. La conversación fluía al ritmo de las copas, reían hablando de exnovios y sueños frustrados estirando las horas como solo se hace cuando el cuerpo pide un respiro. De todas, era la única que mantenía un matrimonio estable. Estable, pensó. Si ellas supieran la verdad… Se sentía vacía, su relación era un fracaso, un amor tormentoso con un hombre que jamás la había hecho sentir viva. Anhelaba pasión, algo que la empujara al límite. En realidad, anhelaba lo que no podía tener.

 

Fue allí donde conoció a Oscar, un hombre alto, de movimientos pausados, barba incipiente y sonrisa cautivadora. Mientras sus amigas se mezclaban con el grupo de Oscar, él fijó sus ojos oscuros en ella con una intensidad que la hizo sentirse vista de verdad por primera vez en años. Se quedaron charlando en la barra, acortando distancias. Los demás, ellas y ellos, se fueron diluyendo entre el humo, las luces y el sonido sincopado. Decía ser fotógrafo especializado en plasmar la naturaleza del deseo a través del «arte erótico».

 

Con una voz, que competía con los graves de la música, Oscar le explicó que su trabajo consistía en desnudar realidades, no solo cuerpos. Le habló de su estudio, de las sombras que envolvían la piel y de cómo lograba capturar la vulnerabilidad humana en sus instantes más íntimos y clandestinos, donde las apariencias desaparecen. Describía sus sesiones como un juego de confianza y control, un espacio libre de juicios donde sus modelos se atrevían a ser quienes realmente eran. Esther, embriagada por el alcohol y aguijoneada por una curiosidad abrasadora, escuchaba cada palabra como si fuera una invitación a un mundo por descubrir. El atractivo de Oscar no radicaba solo en su físico, sino en esa capacidad para interpretar su vacío; en la promesa implícita de que sabía cómo empujar a alguien al límite y hacerla sentir viva.

 

—Deberías posar para mí —le susurró al oído, con un aliento cálido que le erizó la piel.

 

Se echó a reír. No, no. Pero en su interior se encendió una chispa.

 

Dos días después, se plantó en el estudio de Oscar: un loft industrial en Lavapiés de paredes de ladrillo visto, suelo de hormigón gris mate y una iluminación tenue. Daniel llegaría tarde, si llegaba. Había aceptado la invitación por puro impulso, convencida de que solo se trataba de una aventura para romper la rutina. La recibió con una copa de vino tinto y pronto se encontraron conversando sobre el arte y el deseo.

 

—Pretendo capturar la esencia de la sumisión —le explicó—, plasmar cuál de las dos partes tiene el control más allá de lo que las apariencias dan a entender.

 

Oscar giró la pantalla del ordenador. En ella, sobre fondo negro, aparecía un rótulo en grandes caracteres: «Estudio en blanco». El título la predispuso a encontrarse con el mismo estilo que adornaba las paredes del local —fotografías elegantes tomadas en blanco y negro, de sensualidad sugerente y sombras cuidadas—, pero lo que fue apareciendo en el monitor pertenecía a un universo distinto. Era un asalto visual. Una serie de imágenes crudísimas, directas, despojadas de cualquier filtro o pretensión artística, retrataban una entrega absoluta, descarnada y violenta.

 

En la primera instantánea, una mujer joven de tez pálida, de rodillas sobre el hormigón gris del estudio, con las manos atadas a la espalda y la boca abierta, recibía la doble eyaculación de dos mulatos. Un manto blanco y espeso le cubría la lengua y los labios; densos regueros resbalaban por la barbilla hasta morir en gotas pesadas sobre el relieve de sus pechos desnudos. La siguiente captura congelaba una sumisión más compleja: una modelo tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y fijadas por correas. Entre los pliegues enrojecidos de su sexo, se apreciaba un rastro denso y brillante, mezclado con su propia humedad.

 

Cada clic revelaba una nueva versión de esa intimidad expuesta. La tercera imagen capturaba el detalle preciso de la deglución: una mujer pelirroja, con los ojos llorosos y desorbitados, tragaba con evidente dificultad; el semen escapaba por las comisuras de sus labios hinchados bajo el dominio del puño que le sujetaba firmemente el cabello. La cuarta rozaba el límite de lo soportable: una mujer demasiado joven con el rostro embadurnado, los párpados pegados por el flujo blanquecino y las lágrimas, con el rímel desleído en un difuminado sucio, mostraba la boca entreabierta a rebosar mientras regueros densos le surcaban el cuello como cicatrices líquidas.

 

Una tras otra, las imágenes mostraban el impacto blanco, denso y escurridizo sobre un rostro de mujer subyugada por el deseo, la sorpresa y el placer. La última fotografía era la más poderosa. Tomada a velocidad ultrarrápida, congelaba en el aire las gotas expulsadas por un glande en primer plano, suspendidas a milímetros del rostro de una mujer de color. El contraste del líquido blanco y espeso sobre su piel oscura, sumado a la expresión de éxtasis con la que era esperado el impacto, resultaba sobrecogedor.

 

La brutalidad visual de aquellos falos gruesos y agresivos enfrentados a la vulnerabilidad absoluta de las bocas abiertas le robó el aire. El impacto no se quedó en la retina; bajó directo al estómago en un vuelco violento. Se quedó paralizada, atrapada en ese espacio intermedio y asfixiante entre el rechazo instintivo y una fascinación oscura que no lograba comprender.

 

—No es pornografía barata, es arte —añadió, estudiando su reacción mientras preparaba el equipo—. ¿Estás dispuesta a hacer una prueba de cámara?

 

—¿Una prueba?

 

—Quiero ver cómo das ante el objetivo. Desnúdate.

 

Esther lo miró con los ojos muy abiertos. Desnudarse… allí…

 

—¿Tienes algún problema?

 

—No… no.

 

Esther aún vaciló, pero el efecto del vino, el impacto de lo que acababa de ver y la vibración que la recorría la empujaron a dar el paso. Era ahora o nunca. Se desvistió a tirones, si lo pensaba un segundo más, no lo haría. El frescor del estudio le bañó la piel. Oscar mientras tanto se ocupó en escoger cuerpo y objetivo, colocó las luces e hizo tiempo hasta que ella, desnuda, sin saber muy bien qué hacer con los brazos, entrelazó las manos primero y las dejó caer a los costados después.

 

—Ponte como… esta —dijo él, golpeando con el dedo el monitor.

 

Se acercó insegura. Estar a su lado desnuda mientras él permanecía vestido la hacía sentir en inferioridad, incómoda, vulnerable. Oscar le mostró en la pantalla la primera imagen, la de la chica de rodillas con las manos atadas a la espalda; ofrecía la boca abierta y una expresión de felicidad casi irreal. Sintió un escalofrío; estaba temblando.

 

—¿Podrás hacerlo? —preguntó él, mirándola de una forma que no le gustó.

 

—No irás a atarme las manos…

 

—¡No, mujer!, sujétalas a la espalda.

 

—Sí, claro —respondió fingiendo una seguridad que no tenía.

 

—Vamos.

 

Esther regresó al centro de la estancia bajo el calor cegador de los focos. Esperó sin saber muy bien cómo actuar, se sentía torpe y ridículamente desprotegida. El arrepentimiento empezaba a filtrarse como una punzada fría que le decía que se había metido en un terreno peligroso.

 

Oscar empezó a enfocarla. Todavía estaba a tiempo.

 

—Arrodíllate, pon las manos a la espalda, hombros atrás... Eso es; saca pecho. Imagínate que eres ella. No, así no: erguida. Tienes unos pechos preciosos, lo sabes, ¿verdad? Claro que lo sabes; he visto cómo te mueves, cómo sacabas pecho en la barra del pub. Te gusta que miren, ¿a que sí? A todas os gusta. Pues vas a disfrutar, porque la cámara es un ojo pervertido. La vas a notar mirándote sin pudor.

 

Aquel ojo enorme parecía tener vida propia; la miraba sin esconderse; a diferencia de los hombres, iba directo a donde quería mirar. El golpe seco del disparador la sobresaltó; el rápido parpadeo del obturador venía a decirle: «te he cazado». Sabía que su pecho desnudo, la boca entreabierta, los hombros, el cuello, las nalgas o tal vez la humedad incipiente que no podía ocultar habían quedado grabados para siempre. Su intimidad estaba siendo robada, ya no había nada que pudiera hacer para recuperarla.

 

—Espera, falta un detalle.

 

A Esther le costaba seguirlo; todo parecía ir demasiado rápido y ella todavía estaba atrapada en su propia indecisión. Oscar volvió con un cuenco repleto de cubitos de hielo, cogió uno y se lo restregó por un pezón. Un escalofrío violento la recorrió ante el potente choque térmico; se irguió por puro reflejo, con los ojos muy abiertos y la respiración suspendida en una brusca inhalación.

 

—Perfecto.

 

Repitió en el izquierdo con total naturalidad. Esther lo miró fijamente mientras se lo endurecía, atrapada en una especie de parálisis. Sintió cómo su carne reaccionaba al instante duplicando el tamaño del pezón. Tenía el corazón desbocado golpeándole el pecho con un eco ensordecedor que le impedía articular palabra.

 

Oscar cogió una toallita, los secó y se detuvo a examinarlos con una actitud profesional que a ella le resultó desconcertante. Acto seguido, recuperó la cámara y le hizo un gesto instándola a que mantuviera la postura. Esther no había dicho que sí, pero sus músculos se quedaron congelados incapaces de rebelarse. Sentía el pecho frío, los pezones duros como piedras y una extraña distancia entre lo que estaba pasando y lo que sería capaz de hacer para evitarlo, si acaso quisiera hacerlo. El objetivo apuntaba a su rostro y ella seguía paralizada.

 

—Abre la boca. Los tienes delante, están a punto. Ofrécete, estás deseando recibirlo. Muéstrame tu vulnerabilidad.


Esther trató de imaginar la escena, pero no pudo. Oscar se lanzó hacia la mesa, rebuscó y regresó con una copia en papel de la escena del monitor. Esther estudió con detalle a la modelo: de rodillas pero arrogante, las manos atadas a la espalda, los brazos tensos, los labios y la barbilla brillantes por el semen que los embadurnaba, y la boca abierta en un gesto de súplica, de ruego, de hambre. Al cabo de unos segundos se la quitó de las manos y le hizo un gesto invitándola a empezar. Ella inspiró y cerró los ojos: había interiorizado la expresión de la mujer e hizo suya no solo la postura, sino la entrega que irradiaba su rostro.

 

Al abrir la boca como la modelo se sintió ridícula, reconoció que actuar no es tan fácil. Lo intentó, quería hacerlo. De repente, la memoria la arrastró de vuelta a casa, a la penumbra de su alcoba. Se visualizó casi desnuda, con el hombre que no debería estar en el umbral de la puerta mirándola sin atreverse a dar un paso atrás ni a entrar del todo. Recordó su torso desnudo cuando le buscó una camiseta de Daniel, cómo lo sorprendió observando el sujetador que ella misma había dejado sobre la cómoda. Lo recordó allí de pie, dándole las buenas noches con una tensión vibrante mientras ella, cobijada bajo la sábana, se sentía indefensa y complacida, preguntándose por qué se había acostado desnuda, qué esperaba que pasara. Evocó el magnetismo turbio que compartían a espaldas de todos, unas fantasías prohibidas que no debería estar desenterrando porque nunca, nunca se iban a hacer realidad. ¡Maldita sea, sería de otra mujer! La odiaba; no podía imaginar cuánto la odiaba.

 

El fotógrafo sonrió con un gesto de aprobación al ver el cambio en su rostro y empezó a disparar.

 

El corazón desbocado le latía con fuerza. Oscar se acercó sin apartar la cámara, le levantó la barbilla, le movió un hombro animándola a sacar pecho y siguió disparando. No contento con eso, tocó su cuerpo como quien evalúa un objeto o un adorno buscando apagar cualquier vestigio de pudor: le pasó la mano por la piel y ella se envaró; le apretó los pechos y ella desfalleció; le pellizcó los pezones y ella gimió sin poder contenerse ofreciendo a la cámara la expresión exacta que él quería retratar.

 

—¡Eso es! —exclamó, y siguió disparando.

 

Aquello pasó de ser una simple sesión fotográfica a convertirse en algo mucho más primario. Cegado por su abandono, le metió una mano entre las piernas y se abrió paso por sus labios empapados. Esther se vio forzada a separar las rodillas y sufrió la crueldad del hormigón en la piel. La penetró con dos dedos, luego tres, estimulándola con crudeza. Ella jadeaba envuelta en un sollozo, él disparaba. El sonido del obturador se volvió lejano, ahogado bajo el peso de una densa neblina. Su propia respiración le saturaba los oídos. La rigidez de sus piernas acabó por ceder.

 

Cuando abrió los ojos, se descubrió a gatas sobre el suelo del estudio. ¿Cuándo había ocurrido? No recordaba haber cambiado de postura. Oscar la penetraba con embestidas profundas; sus cuerpos se entrelazaban en un torbellino salvaje de carne, sudor y gemidos. Parecía haber más de dos personas allí: en cada golpe violento, en cada tirón de pelo que la obligaba a arquear la espalda, Esther no solo veía a Oscar, sino que sentía la misma presencia clandestina que la había acechado en la penumbra del pasillo de su casa. Era otro peso, otro olor, otra mirada prohibida la que la hostigaba, la degradaba y la poseía como si quisiera romperla. Esther se entregó, perdida en un delirio donde la culpa, la traición y el deseo se fundían sobre el suelo frío que arañaba sus rodillas y su conciencia.

 

El clímax la alcanzó en un arrebato de brutal intensidad. «¡Sí, sí!». ¿Sí a quién? ¿A quien no podía ser? Él no le dio tregua; la obligó a erguirse de rodillas, con la boca abierta y la lengua extendida. Al notar los dedos clavados en su cuero cabelludo, tensados como garfios, Esther lo miró. Él, con una expresión oscura, le ordenó:

 

—Ni se te ocurra tragar hasta que yo te lo diga.

 

Ella seguía inmersa en una bruma de rostros cruzados. Oscar, o quienquiera que fuese el hombre en el que pensaba, se derramó sobre su mejilla y en su boca, inundándole la garganta, la lengua y el paladar. Ella obedeció. La abundancia del semen formó riachuelos blancos que resbalaron por su barbilla y gotearon sobre sus pechos, donde volvieron a acumularse buscando un nuevo camino.

 

En boca era salado, denso, con un sabor fuerte: un crudo y humillante recordatorio de su rendición. Oscar capturó el instante con la cámara, no paró de disparar: los labios anegados, la lengua visible bajo el charco espeso y las hebras lechosas que pendían de la barbilla y se estiraban.

 

—Ahora, traga. Despacio, poco a poco.

 

Y ella tragaba, abría la boca, se tensaba ante el chasquido seco del obturador y volvía a tragar, así hasta que solo quedó un rastro de saliva mezclada con un residuo viscoso en la lengua y en el paladar que también ofreció al objetivo. Esther experimentó una emoción devastadora de humillación, miedo y euforia; palpitaba de placer, la culpa la consumía. Oscar enfocó la mejilla, donde una pincelada ancha, densa y blanquecina se descolgaba hacia la mandíbula y formaba gruesos goterones. La cámara revoloteaba por su cuerpo como una avispa tomando planos que ella no podía imaginar. Se mantuvo inmóvil, ahora tenía el objetivo cerca, muy cerca de sus pechos; los sentía pringosos, y en lugar de avergonzarse, la inflamó una emoción distinta: por primera vez se sentía orgullosa de ellos. No es que arrastrara ningún complejo; al contrario, simplemente ahora todo era diferente. Sus pechos, manchados de semen y captados por la cámara, cobraban otro valor. Cada gota, cada rastro en su piel, cada relieve y cada matiz de color estaban siendo inmortalizados. No alcanzaba a entender qué le estaba pasando: él apuntaba a su cuerpo con el ojo de la cámara y disparaba, una tras otra, instantáneas que más tarde quién sabe qué personas verían, y en vez de preocuparle, la encendía como pocas cosas lo habían logrado.

 

Oscar se inclinó para encuadrar la vulva. Ella no lo vio; su flujo rezumaba hilos acuosos que pendían hasta tocar el suelo. Se dejó hacer, incapaz de moverse, pendiente del entusiasmo que provocaba en el fotógrafo. Uno, dos, tres disparos... Perdió la cuenta. Le temblaban los muslos, le escocían las rodillas, le ardía la cara. Sentía como si la hubiesen tocado mil manos, necesitaba más, mucho más; pero él ya había conseguido exactamente lo que quería. La ayudó a levantarse del suelo y le indicó dónde estaba el baño.

 

No quiso pensar ni mirarse al espejo mientras se aseaba. Se sentía humillada, despechada y arrepentida. Lo más duro fue salir desnuda, vacía de las emociones que la habían llevado a actuar como nunca pensó que haría. Cruzó el estudio hasta llegar donde tenía la ropa. Respiró aliviada al ver que él estaba ocupado y no le prestaba atención. Se vistió en silencio tratando de pasar desapercibida. Fue entonces cuando Oscar pareció reparar en ella y la invitó a ver las imágenes en el ordenador.

 

—Eres perfecta —dijo mirando la pantalla—. Esto es arte puro. Ven.

 

Esther se contempló en el monitor: no parecía ella. Su expresión reflejaba un éxtasis mezclado con asombro; los fluidos brillaban bajo la luz del estudio. Sus pechos aparecían de una manera nueva, inédita; jamás se había detenido a mirarlos. Se sintió liberada, también vulnerable. La realidad se impuso. ¿Qué demonios había hecho? ¿Dónde acabarían esas imágenes en las que su rostro aparecía de una u otra forma? Regresó a casa con el sabor todavía en la boca y el escozor en las rodillas y los codos. Guardaba un secreto que la excitaba y la avergonzaba a partes iguales. Sería imposible contárselo a su hermana.

 

Los días siguientes fueron un torbellino. Oscar se puso en contacto y Esther, adicta a esa descarga de adrenalina, aceptó sin dudar. Cada encuentro era más intenso que el anterior, marcado por palabras susurradas que la degradaban y la elevaban al mismo tiempo; contaminado por recuerdos intrusos y deseos prohibidos que la violentaban y le remordían en la conciencia. «Eres mía», le decía él, y ella respondía sin saber lo que decía, a quién respondía ni a qué se comprometía.

 

En una ocasión, la obligó a posar de nuevo con la boca llena, pero esta vez la grabó en vídeo. La cinta capturó el vaivén del fluido goteando y el chapoteo de su lengua antes de tragar. En otra, le mostró una sesión en la que las mujeres aparecían inmovilizadas por correas de cuero que cruzaban sus cuerpos, atrapando piernas, brazos, pechos y vulva en una intrincada red que no dejaba resquicio al más mínimo movimiento. Algunas estaban amordazadas con una bola de silicona y cegadas por una cinta de raso negra. La sola idea la agobió tanto que entró en pánico y se negó en rotundo. Oscar la calmó asegurándole que jamás la obligaría a hacer nada que no quisiera, pero aquello marcó un punto de inflexión. Nunca más volvió a confiar en él como antes, y con el tiempo, ese abismo acabaría por separarlos.

 

No obstante, Esther había descubierto que la vida no se reducía a su rutina diaria y al vacío de Daniel. Era un lienzo de deseos crudos, de fluidos y de susurros donde el riesgo a quedar en evidencia ante su familia, amigos y compañeros, y el temor a ser descubierta por Daniel era un componente poderoso del cóctel.

 

El secreto pesaba demasiado. Tenía que contárselo a Carmen.

 

El espacio que dejas

 

Pido otra copa. Las chicas hablan; hago que escucho. Estoy lejos. Muy lejos.

 

Hoy he empaquetado las últimas cosas que quedaban por embalar.

 

No es cierto.

 

Nuestra casa, la que ha sido nuestra casa durante más de diez años está llena de mí. Es imposible que consiga llevarme todo lo que ido dejando a lo largo del tiempo.

 

No me las he llevado. Aún no. Mañana lo haré, supongo. O pasado. No sé cuánto me queda por recoger.

 

Estoy bebiendo demasiado. Esta copa se va a quedar sin tocar.

 

Suena Sam Brown. ¿Cuántas veces la habremos bailado? ¿Cuántas la habremos tarareado?

 

All that I have is all that you've given me

Did you never worry 'bout the consequences?

Open your eyes, it's not the first time

That you've seen the world in a different light

Stop! Don't come around here no more

Don't you feel like you've been here before?

Stop! Don't you try to tell me what I am

Don't you try to tell me what I am

'Cause I'm not a toy, I'm not a plaything

I'm not the girl you can treat like that (1)

 

Todo lo que tengo es todo lo que me has dado. Lo tarareo, lo digo en voz alta y, por primera vez, no suena a gratitud, sino a reproche. Me miro en el espejo de la barra, veo el reflejo de una mujer construida bajo tus expectativas, una versión de mí que diseñaste para que encajara en tu vida. ¿Alguna vez te detuviste a pensar en las consecuencias de moldear a alguien a tu antojo? Supongo que no. Para ti, el amor siempre fue un intercambio donde yo ponía la sensualidad y tú, el control.

 

«Abre los ojos», me digo a mí misma, aunque esta no sea la primera vez que veo el mundo con esta luz tan reveladora. Es la luz que entra por la ventana y que, en lugar de iluminar una promesa de futuro, ilumina la fractura.

 

Basta.

 

El eco de esa palabra retumba por todas partes. En las paredes de esa casa que ya no siento mía. No vengas más, dije. No porque te odie, sino porque ya no hay nada que rescatar en ese escenario donde siempre interpretamos el mismo guion desgastado. Basta. ¿No te sientes agotado de este bucle? Porque yo siento que he vivido este instante mil veces: el momento en que me doy cuenta de que, para ti, sigo siendo un objeto que puedes mover a tu capricho, un juguete que activas cuando el silencio te resulta insoportable.

 

No intentes decirme lo que soy. Ya no te corresponde definir mis límites ni mi valor. Esa es una facultad que te arrebaté en el momento en que dejé de pedir permiso para sentirme yo misma. Ya no soy la pieza que encaja en tu juego ni la chica que espera a que le digas cómo brillar. Ahora es diferente. El silencio que dejas al irte no es un vacío que necesite llenar; es el espacio para ser quien soy ahora que no estás.

 

Qué triste ha sido todo.

 

Todavía noto el cansancio de esta tarde en los brazos, cuando el eco de las cajas de cartón al cerrarse era el único sonido que llenaba el salón. Pasaba la cinta de embalaje a lo largo y a lo ancho con fuerza una y otra vez, un ruido estridente con el que intentaba acallar el peso de diez años de recuerdos. La casa se estaba quedando vacía, pero yo sabía de sobra que seguía estando llena de mi presencia.

 

De repente, el sonido de una llave en la cerradura me sacó de mis pensamientos.

 

…..

 

«No esperaba que se le ocurriera aparecer; no era lo acordado. Mario entró con una actitud rayana en la prepotencia, la misma con la que siempre ha reclamado el control de cada espacio, no lo aparenta pero en el fondo lo es: prepotencia encubierta. Me ha costado diez años de matrimonio y solo unas semanas de enfrentamiento a cara de perro para desenmascararlo.

 

Se detuvo en el umbral, barriendo el salón con un gesto de fastidio.

 

—Vaya, cómo tienes esto. No se puede ni pasar.

 

Como si no hubiera ocurrido nada, como si nuestra vida siguiera en el punto anterior a que todo saltara por los aires. No dejé lo que estaba haciendo, seguí doblando las solapas de la siguiente caja sin hacerle caso, mantuve la voz fría y la calma.

 

—¿Cuál es el problema? Tú tampoco vives aquí. En cuanto acabe de empaquetarlo todo, me lo llevaré.

 

Dio un par de pasos hacia el centro del salón, acortó la distancia e intentó activar ese magnetismo que durante tanto tiempo le había funcionado. Su tono cambió; ya no era el hombre distante de los últimos tiempos, sino el estratega que buscaba rebajar la tensión bajo sus propios términos y condiciones.

 

—Te lo vas a llevar todo —dijo entonces, suavizando la voz para ocultar un brote de tristeza.

 

—Todo no: mis cosas. Es imposible meter diez años en unas cuantas cajas. Siempre quedará algo mío aquí.

 

—Es cierto —admitió él, con una sonrisa lánguida y dio un paso más—. Carmen, no tenemos por qué hacer esto así.

 

Me detuve y, por primera vez, lo miré a los ojos. Ya no quedaba nada en mí; solo una distancia insalvable.

 

—¿Cómo "así", exactamente?

 

—Así. Con este hielo entre los dos —suspiró, adoptando una pose de madurez ensayada—. He estado pensando. Hemos tenido problemas, pero creo que podemos llegar a un entendimiento. No quiero que te vayas con este… rencor. Podemos pactar cómo gestionar lo que nos queda en común, verlo con calma... Podríamos sentarnos a hablar de nosotros, sin reproches. Podemos encontrar una forma de que esto no sea tan drástico.

 

—Rencor… Ay, Mario, después de tantos años, sigues sin conocerme.

 

—No he querido decir eso.

 

Mario amagó con extender una mano, esperaba que yo, como tantas otras veces, cediera ante la promesa de un terreno seguro diseñado por él. Esperaba a la chica que encajaba en sus expectativas, la que siempre se amoldaba a sus planes. Detecté el guion que habíamos interpretado mil veces: él, ofreciendo una estrategia para mantener el control de la narrativa y yo, aceptando para no quedarme en el vacío.

 

Me detuve, dejé la cinta sobre la mesa. Lo encaré con frialdad, con la demoledora claridad de quien ya no pide permiso para existir.

 

—Demasiado tarde —dije sin levantar la voz. Dos palabras breves, pero con un peso absoluto.

 

Frunció el ceño, desconcertado por la falta de efecto de su discurso.

 

—Carmen, te estoy ofreciendo una oportunidad para entendernos...

 

—Es tarde —insistí, di media vuelta, cogí el bolso y una de las cajas pequeñas—. Tu oferta de entendimiento llega cuando ya no necesito que me entiendas. Durante todo nuestro matrimonio, tu forma de entenderme significaba que yo debía amoldarme a lo que tú querías. Ya no soy ese juguete que puedes activar cuando te apetece.

 

Mario abrió la boca, tal vez para intentar definirme de nuevo, para decirme lo que "yo estaba sintiendo realmente". Caminé hacia el recibidor sin titubear.

 

—Ya volveré a terminar de recoger lo que queda. Y por favor, no vengas cuando esté. —concluí, con la mano en el pomo de la puerta.»

 

 

Al final, no sé cómo, ha caído la copa.

 

Semana santa

 

—Definitivamente, voy a pasar la Semana Santa en la sierra —anunció Carmen, poniendo la taza de café sobre la mesa con una firmeza con la que pretendía convencerse más sí misma que a su interlocutor. Acababa de tomar la decisión sobre el piso al que se mudaría, un paso de gigante que la había dejado exhausta, y la perspectiva de refugiarse entre los pinos y el aire frío de la montaña le parecía el único bálsamo posible.

 

Tomás subió las cejas con ese aire de proteccionismo y superioridad que le crispaba los nervios.

 

—No creo que sea una buena decisión, de verdad —insistió cruzándose de brazos—. Volver al lugar donde has pasado tanto tiempo con tu exmarido... no sé. Te vas a encerrar en una casa llena de fantasmas, te va a traer tantos recuerdos que te será imposible desconectar y renovarte. Necesitas mirar hacia adelante, no hurgar en la herida. Sal de tu entorno.

 

A Carmen se le contrajo el estómago.

 

—Todavía es mi marido —le enmendó con una voz serena que ocultaba la tormenta que crecía en su interior.

 

—Por cierto, deberías empezar a mover ese asunto, ¿no crees?

 

—Ese, ¿asunto?

 

—Que corran los plazos —presionó Tomás, ajeno al territorio minado en el que estaba entrando.

 

—Ya veré —le dijo, visiblemente molesta, dando por zanjada la conversación.

 

«Puede que tenga razón… pero Tomás habla como si divorciarse fuera firmar un papel y ya está. No tiene ni idea del calvario que me espera. Aunque Mario y yo lleguemos a las buenas y firmemos un acuerdo sin tirarnos los trastos a la cabeza, la ley nos obliga a ir despacio, como si quisiera castigarnos. Primero tenemos que presentar la demanda de separación y el convenio regulador para que un juez nos diga que sí, que podemos vivir separados. Pero seguiremos casados ante la ley. Luego, tendremos que esperar un año entero metidos en este limbo legal para poder empezar otra vez desde cero, presentar otra demanda y, por fin, conseguir el divorcio definitivo. Es agotador pensar que, incluso haciéndolo todo de mutuo acuerdo, nos quedan meses y meses de burocracia por delante antes de ser libres.

 

Tiene razón, lo mejor será empezar cuanto antes.»

 

—¿Vamos?

 

—Eeeh… sí. Ve abriendo la cama, voy al baño.

 

—¿Y ese paquete? ¿es lo que me imagino?

 

—Ahora lo verás puesto, no seas impaciente.

 

…..

 

Llegué a la sierra el viernes por la noche, nada me ataba a Madrid. Mis padres habían decidido hacer un viaje con Félix y Lucía, los amigos de toda la vida. Me enteré por Esther, que vino a ejercer de hermana mayor —qué cosas— y a contarme que se iba a Bali. Así, de repente. No me supo explicar con quién, tampoco quise indagar, ya es mayorcita para tener que andar dando explicaciones. Si el imbécil de Daniel se había vuelto a buscar una excusa para estar desaparecido, ella tenía todo el derecho del mundo a hacer lo que le saliera de ahí mismo. De todas formas, me supo mal que no tuviera la suficiente confianza conmigo para contármelo. Puede que en el fondo le faltase seguridad, o puede que fuera algo más. Otra cosa.

 

Había algo que no terminaba de cuadrar. No era la de siempre, cansada y resignada por un matrimonio gris; la noté alterada, con una tensión flotando alrededor que intentaba disimular con una serenidad forzada, rígida. Había demasiados silencios en su relato, pausas en las que parecía sopesar cada palabra como si temiera meter la pata o revelar un secreto que la desbordaba. Tenía una mirada esquiva, ausente, parecía atrapada en otro lugar, en una vivencia que la asustaba y la encendía a partes iguales. Bah, tonterías mías. Aún así… mírala, ahí estaba otra vez, intentando actuar con naturalidad; sus gestos eran demasiado medidos, demasiado pulcros, protegiéndose de algo. Nosotras nunca nos hemos escondido nada, y ese muro invisible que de pronto había levantado entre las dos, me dejó una sensación muy extraña en el cuerpo.

 

«—Me voy a Bali.

 

De sopetón, como si quisiera quitárselo de encima cuanto antes y pasar a otra cosa. Si no la conociese tanto… Pero la conozco, y había algo que sonó a huida defensiva, al estilo de quien intenta desviar la atención de un fuego que avanza a sus espaldas.

 

—A Bali. Así, de repente.

 

—De repente, no. Lo he mirado, está a buen precio… y me marcho.

 

—¿Andando las cosas como andan? ¿Y Daniel?

 

—Daniel, a lo suyo. Se va a, no sé dónde me dijo, ya es que me da igual, ni le escucho.

 

Lo dijo con desprecio, sí, pero también con una indiferencia tan exagerada que parecía ensayada. Estaba utilizando el desastre de su matrimonio como una cortina de humo para justificar un arrebato que venía de otro sitio.

 

—¿Te vas sola?

 

Pillada: apartó los ojos y fingió ocuparse en elegir una aceituna antes de contestarme. Ese microsegundo de vacilación la delató. En Esther, ese parpadeo rápido y la rigidez con la que atravesó a la pobre oliva con el palillo eran señales inequívocas de que estaba fabricando una respuesta sobre la marcha.

 

—No, claro; vamos… unas cuantas amigas.

 

—¿Quiénes?, ¿las conozco?

 

—Del trabajo, creo que no las conoces.

 

La conversación le incomodaba. Había una atmósfera de secretismo flotando en el aire que me puso en alerta.

 

—Pues serán todas nuevas, porque hemos salido más de una vez con tus compañeras.

 

—Ay, chiqui, qué preguntona estás.

 

Trató de sonreír, pero la tensión en la comisura de sus labios la traicionó. Le lancé mi clásica mirada inquisitiva con la que la he desarmado desde que éramos crías y la pillaba en falta. Noté cómo se ponía tensa, como si temiera que mis ojos pudieran descubrir algo que la avergonzaba o la encendía.

 

—¡Qué!

 

—Cómo es él, en qué lugar se enamoró de ti…  —tarareé. (2)

 

Lo solté en broma, buscando la complicidad de siempre. Su reacción me dejó helada: Esperaba una carcajada y me topé con una mirada huidiza. Un abismo de cosas no dichas se abrió entre las dos en un momento.

 

—Vale, voy sola, ¿contenta?

 

—¿Sola? ¿A Bali?

 

—Qué pasa, ¿no puedo ir sola de viaje? Te recuerdo que soy mayor de edad.

 

Saltó a la defensiva con una vehemencia que no venía a cuento. Sus ojos tenían algo raro, un aire esquivo, una expresión de miedo y de orgullo desafiante que nunca le había visto. No era la Esther resignada de los últimos tiempos; parecía otra persona atrapada en un secreto que la desbordaba.

 

—No, si ya lo sé, pero…

 

—Pero nada. Necesito salir de aquí, vivir, respirar aire puro. ¿No lo entiendes? ¡Me asfixio!

 

Apretó el puño alrededor de la copa, a punto de hacerla estallar. Capté una angustia tan profunda, una necesidad tan cruda de escapar, que decidí dar un paso atrás. No entendía qué le pasaba, pero fuera lo que fuera, la estaba consumiendo por dentro.

 

—Vale, vale, perdona.

 

—A papá y mamá, les dices que voy con mis compañeras del curro.

 

Otra mentira. Otra capa de silencio para cubrir ese muro invisible que acababa de levantar entre las dos.

 

—Papá y mamá no me van a preguntar nada, descuida, últimamente es como si no existiera.»

 

Tomás se iba con su mujer a Mallorca; ahora lo entendía todo. Me juró una y mil veces que su propuesta no pretendía tenerme a mano. Fingí creerle y le deseé unas buenas vacaciones, se merecían una oportunidad para recuperar la relación hasta donde fuera posible. Andrés… supongo que Berta tenía los planes cerrados hace tiempo y pasarían la semana en Salamanca atendiendo a su madre.

 

Doménico… hablaba y hablaba. Parole, parole (3). Lo cierto es que ni estaba ni lo esperaba. No lo entiendo, yo no podía hacer más, se lo había dejado meridianamente claro, la decisión estaba en su terreno.

 

Emilio hizo un intento por verme. Se lo dije: no era buen momento. Le prometí que le compensaría a la vuelta. Keep the costumer satisfied. (4)

 

Lo único que necesitaba era estar sola.

 

El eco de la grava en la noche

 

Como dije, llegué a la sierra el viernes por la noche. Quité la marcha y dejé que el coche rodara por su propia inercia hasta detenerse junto a la verja. El crujido de la grava bajo los neumáticos sonó distinto. Más áspero en medio del silencio absoluto de la montaña. Me acompañaban la oscuridad y el rumor del viento que soplaba desde la vertiente oeste. Apagué el motor. Había llegado. Esta vez, sola.

 

Al girar la llave y empujar la puerta de entrada, el olor a casa cerrada y a frío acumulado me golpeó el pecho. Encendí la luz del pasillo e, instintivamente, giré el rostro. No estaba preparada para cruzarme con la foto del noventa y siete en el jardín en la que me sujetabas por la cintura y yo me doblaba intentando escapar entre risas. Ya no hay de qué escapar, pensé. El silencio de la casa ahora me pertenece como un enorme caparazón de piedra donde lamerme las heridas… al menos por unos días.

 

Caminé hacia la cocina. La gran mesa de madera de centro, iluminada apenas por la luz del pasillo, parecía inmensa y desolada sin el sol de la mañana y sin mis libros esparcidos. Atravesé el salón frotándome el frío de los brazos. Todo estaba igual, suspendido en una tregua que había terminado saltando por los aires: la mampostería de la chimenea seguía soltándose poco a poco, el techo pedía esa mano de pintura que ya nunca le daremos. Y tu viejo sillón de piel, gastado. No me volveré a sentar en él sobre tus piernas. Evité mirar hacia la librería; sabía que en el segundo cajón de la derecha seguían agazapados los fantasmas, listos para saltar sobre mí si me atrevía a abrirlo.

 

Necesitaba respirar. Salí al porche trasero abrazándome a mí misma. En la penumbra, esquivé de memoria el escalón roto que cedió aquel invierno y que te pedí mil veces que arreglaras. Me senté en el bancal, junto a los geranios helados, abrí la pitillera de cuero marrón y lié un cigarrillo. La primera calada me supo a ceniza y a años perdidos.

 

El jardín se extendía como un mar negro y silencioso. A lo lejos, colina abajo, intuía el pueblo dormido. Pensé en el camino viejo, en las calles antiguas y en la plaza. Imaginé la fuente de piedra manando en la más absoluta soledad, sin niños correteando, sin pájaros bajando a beber. Recordé nuestras mañanas en el bar de Julián, nuestros vermuts con aceituna en la mejor mesa bajo el toldo. Todo ese mundo quedaba ahora a años luz de distancia, sepultado bajo el peso de nuestra ruptura.

 

Apagué el cigarrillo contra la piedra; el frío empezaba a calarme los huesos. Mañana cogería la bicicleta y huiría campo a través hacia las lagunas, para que el agua helada y el viento recio me recordaran que sigo viva.

 

Entré de nuevo y eché el pestillo. Subí a la planta de arriba arrastrando los pies; al llegar al pasillo, pasé de largo frente a la habitación de los espejos. Esta noche no. Esta noche no quería recordar mi desnudez envuelta en harapos violentada en el reflejo de un cuarto vacío. Entré al dormitorio y abrí el ventanal para que la madrugada de la sierra lo inundara todo. Cerré los ojos, respiré el aire puro y por fin, las lágrimas cayeron.

 

Camino al pueblo

 

Carmen cruzó el porche trasero de la casa y caminó sobre la hierba con los zapatos en la mano sin un rumbo determinado. Dejó atrás el viejo pozo y los parterres donde aún resistían las mismas flores que en verano lucen tan vivas. Tras el reencuentro con el jardín, entró a coger sus cosas y se preparó para salir. Cruzó la cancela y escuchó el familiar crujido de sus pasos sobre el camino de guijarros. El silencio de la sierra la envolvía, un silencio que ahora, en su nueva realidad, parecía más intenso.

 

Se subió a la bicicleta y comenzó a pedalear. Apenas le tomó cinco minutos de marcha pausada llegar al cruce, el punto exacto que separa el aislamiento de la montaña de la senda que conduce al pueblo. Desde allí, tomó el camino viejo, una ruta que avanza entre el monte y permite respirar el aroma puro de la naturaleza. Era sábado de Pasión, las puertas de la Semana Santa estaban abiertas, pero la afluencia masiva de turismo aún no había comenzado. Carmen agradeció esa tregua en el calendario; necesitaba el vacío, no la multitud. La bicicleta avanzaba con suavidad, casi sin necesidad de dar pedales, la inercia de la bajada la llevó a entrar al pueblo por la parte de atrás, bordeando la zona menos habitada para desembocar en las calles antiguas.

 

Al adentrarse en ese laberinto de piedra, una inevitable oleada de nostalgia la embargó. Esas calles de mampostería, pulidas por el paso de los años, estaban grabadas en su memoria repletas de recuerdos compartidos. Al pasar junto a la antigua fuente de piedra, el murmullo del agua que manaba de los viejos caños le trajo el eco de veranos pasados, de risas de una panda de amigos y de un matrimonio que ya formaba parte del pasado. Observó la piedra desgastada y se sintió un poco como ella: erosionada por el tiempo y las circunstancias, buscando en la soledad de la sierra la fuerza para reconstruirse.

 

Apretó el manillar, obligándose a concentrarse en el presente. La primera parada fue en la farmacia; necesitaba tiritas, salvaslips y tampones, por si las moscas. Al salir, dejó que la bicicleta rodara cuesta abajo hasta detenerse en la puerta del supermercado, en busca de lo necesario para sus días de retiro.

 

Finalmente, se dirigió hacia el corazón del pueblo: la plaza. Al llegar, el espacio se abría mostrando las terrazas que empezaban a desperezarse frente al bar de Julián. Carmen miró de reojo la mejor mesa bajo el toldo, el lugar donde tantas veces se había sentado a compartir vermuts en vaso corto y confidencias. Hoy no habría ruidosas celebraciones ni manos entrelazadas; solo el aire fresco de la mañana, un café solitario y el inicio de su propia cuenta atrás. Dejó las bolsas en una silla y esperó a que salieran a atenderla. La campana de la iglesia dio las once. Las palomas levantaron el vuelo.

 

Heridas

 

La luz de la tarde se filtraba a través de las persianas a medio bajar dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. El dormitorio estaba envuelto en el silencio que sigue a la intimidad. Maite descansaba sobre mi pecho trazando círculos con el dedo sobre mi piel. Yo le acariciaba el pelo de forma ausente, con la cabeza en otra parte.

 

—¿Tienes algo con esa chica? —preguntó de repente, sin cambiar de postura.

 

Mis dedos se detuvieron en seco. Tardé un segundo en reaccionar y otro en responder.

 

—¿Con quién?

 

—Con quién va a ser, con la que ibas el otro día en el ascensor.

 

—Ah. Nuria —dije, restándole importancia—. Es una colega. Además... es una vieja amiga.

 

Maite se apoyó en el codo obligándome a mirarla a los ojos. Su tono no era dramático ni celoso, sino directo, impulsado por esa curiosidad afilada que la caracterizaba.

 

—¿Estáis enrollados o qué?

 

—¿Por qué lo dices?

 

—Por cómo te miraba. Y, sobre todo, por la forma en que me miró cuando se abrieron las puertas. Las mujeres no fallamos con esas cosas, Mario, pero vamos, ni de coña.

 

Sonreí de medio lado, sabiéndome acorralado. No valía la pena mentirle; a Maite le gusta el juego limpio.

 

—Bueno, sí... tuvimos algo en el pasado —admití, encogiéndome de hombros—. Y ahora que ha vuelto a aparecer...

 

—Te la has tirado —concluyó con una risa limpia—. Joder, qué tío, no se te escapa una, ¿eh?

 

—Tampoco es eso.

 

—Coño que se te pone a tiro, coño que no perdonas; la hostia.

 

Sonreí, aliviado por la ausencia de reproches. Decidí que era el momento perfecto para desviar la conversación hacia un terreno mucho más seguro y lúdico. Deslicé la mano por la cadera con suavidad.

 

—¿He de volver a decirte que tienes uno de los coños más bonitos que he tenido el placer de disfrutar?

 

Se le iluminó el rostro y torció el cuello hacia el hombro como si mis palabras la acariciasen; su mirada almendrada se volvió aún más estrecha y brillante.

 

—Mira cómo sonríe —dijo con una chispa de picardía.

 

Separó las piernas con espontaneidad mostrándome una sonrisa depilada, simétrica y preciosa. Me incorporé para contemplarla. Tenía un cuerpo espectacular, y verla así, con las piernas tan abiertas, las rodillas flexionadas hacia los lados y la vulva expuesta, era contemplar una auténtica obra de arte.

 

A ver, ¿cómo explicarlo? Maite era, sencillamente, fascinante. Se había convertido en la sensación de todo el edificio, una nota exótica que capturaba la atención de cualquiera que se cruzara en su camino.

 

Al principio, coincidíamos en el ascensor y apenas intercambiábamos los saludos de rigor. Me fascinaba el contraste, la mirabas y veías los rasgos filipinos, los pómulos altos, el cabello azabache cayéndole sobre los hombros y esa piel de porcelana que parecía de juguete. Pero luego abría la boca y ¡pum!, te soltaba un «¡Aúpa ahí!» o un «¡Aibá la hostia!» con marcado acento de Bilbao. Una chica asiática con un acento vasco de pura cepa. Te rompía todos los esquemas. Supongo que también era una forma de reafirmarse.

 

En esas distancias cortas, calculé que mediría poco más de uno sesenta; lo que pasaba es que solía llevar unos taconazos imponentes que la elevaban casi a mi altura. Destacaba en ella unos ojos grandes, oscuros, de un almendrado tan profundo que, si te sostenía la mirada, llegaba a descolocarte. Y bueno, lo reconozco, físicamente me volvía loco. Su cuerpo era menudo, sí, pero con unas curvas que desmentían cualquier fragilidad. Como su culo, una auténtica maravilla que daba el contrapunto a la suave curva de su vientre. Picasso lo habría reducido a un dibujo minimalista: dos paréntesis desnivelados, uno más arriba, el vientre, y otro más abajo, el culo.

 

Nos separaba un abismo: ella todavía saboreaba los veintitantos y yo cargaba con el peso de la madurez. Pensar en nosotros era pura fantasía, pero cuando por fin la tuve en la cama, la realidad superó cualquier fantasía.

 

Sin los tacones, desnuda sobre las sábanas, Maite parecía una muñeca, una figura pequeña y frágil que se perdía bajo mi peso. Su piel, de un blanco porcelana era suave como el satén. Al recorrerla, descubrí que estaba salpicada de pecas diminutas y justo bajo su pecho izquierdo, tenía un lunar minúsculo que parecía un guiño cruel que me hacia el destino. Sus pechos eran plenos, redondos y firmes, coronados por unos pezones pequeños de un tono chocolate que se endurecían con facilidad. Su sexo, perfectamente rasurado, se ofrecía en un relieve prominente y tibio. En la penumbra, sus pliegues más íntimos, delgados y de un suave tono tostado, asomaban con delicadeza y se derramaban formando una silueta alargada y sugerente que evocaba las alas de una mariposa. Todo en ella, desde el relieve apenas cubierto de su clítoris hasta la entrada húmeda y visible a su interior, desprendía un potente aroma a hembra que me hacía perder el sentido.

 

Tan joven, tan frágil... y a la vez, con una fuerza capaz de devorarme. Porque aquella pequeña filipina despertaba en mí una oscura pasión. Había aprendido a superarla de una sola forma: dejando de resistirme. Y funcionó. Cuanto más intentaba luchar contra esos deseos, más fuertes regresaban; en cambio, si bajaba la guardia y me centraba en ella, en nosotros, en su cuerpo y en su manera tan libre de vivir el sexo, la retorcida obsesión se alejaba como una tormenta de estío.

 

Y ahí estaba, ofreciéndome el abrazo acogedor de sus muslos, su sonrisa húmeda y hermosa; si ascendía por la ruta de su cuerpo, la suave curva del vientre anticipaba el firme contorno de unos pechos erguidos, del mismo tono marfileño que toda su piel, rematados por oscuros rosetones puntiagudos del color del chocolate. Coronando aquel paisaje, me esperaba una boca capaz de robarme el aliento y unos ojos con el poder de domar a gigantes.

 

Mis ojos regresaron al origen.

 

—La sonrisa vertical... —murmuré—. Por cierto, ¿recién afeitado?

 

—Lo has notado —sonrió, halagada—. Media hora antes de que llegaras. Para ti, ¿eh? Hay que ver lo que hacemos las mujeres, que luego os quejáis.

 

—Eres un cielo.

 

—¿Te gusta o qué?

 

—Me vuelve loco —admití, acercándome completamente embriagado; lo besé—. Con estos pliegues tan finos asomando...

 

Los extendí con inmenso cuidado usando la yema del dedo por la superficie hinchada de los labios; si me miraba no lo puedo saber, estaba extasiado. Me incliné a besárselo. Pero el espacio que nos separaba se congeló de golpe. Sobre la mesilla de noche, mi móvil comenzó a vibrar con una insistencia violenta que rompió la magia. Resoplé, contrariado, y estiré el brazo para cogerlo. El nombre en la pantalla disipó cualquier rastro de deseo: Elvira.

 

Le hice un gesto de disculpa, me senté en el borde de la cama y descolgué.

 

—¿Sí?

 

—Mario, me marcho —la voz de Elvira sonó contundente, desprovista de cualquier matiz afectivo—. Te aviso por si tienes que pasarte a recoger alguna cosa; salgo a las siete.

 

Sentí que un peso enorme se asentaba en mi estómago. La culpa, silenciosa pero voraz, me cayó encima de golpe. Llevaba tres días sin pisar su casa, no había dado señales de vida, no había enviado ni un mensaje y lo peor de todo era que no tenía ninguna excusa que ofrecer. Miré el reloj: las cuatro.

 

—¿Dónde vas? —atiné a preguntar, con la garganta seca.

 

Escuché un silencio al otro lado de la línea. Un silencio espeso, largo, interminable, como un castigo medido en segundos.

 

—A Sevilla —respondió al fin—, me voy la Semana Santa entera.

 

—Elvira, de verdad, lo siento…

 

—¿Vas a pasarte o no? —me interrumpió sin darme espacio para justificarme—. Dímelo ya. Es por esperarte. Si no, me voy a la estación en cuanto termine la jornada. Tengo todo aquí.

 

Miré de reojo por encima del hombro. Maite me observaba en silencio leyendo la tensión en mi rostro. Volví a centrarme en Elvira. En ese instante supe que nuestra relación había saltado en pedazos, no había disculpa capaz de recomponerla, al menos no hoy.

 

—No... No necesito nada —respondí, derrotado—. Vete tranquila. Te veo el lunes.

 

No hubo respuesta, solo el sonido sordo del teléfono al cortar la comunicación.

 

Me quedé inmóvil con el aparato pegado a la oreja, con la mirada clavada en la pared y un vacío enorme en el pecho. La habitación, que hacía un minuto era un refugio cálido, de pronto la sentí fría. Dejé el móvil sobre la mesilla con cuidado y me quedé con los codos en las rodillas. Maite se incorporó arrastrando la sábana y me miró con curiosidad y preocupación.

 

—¿Qué ha pasado?

 

Me hundí un poco más en el colchón.

 

—Acabo de hacerle daño a alguien que no se lo merece.

 

Le conté grosso modo la compleja relación que mantenía con Elvira, mi antiguo amor de juventud. No quise entrar en demasiados detalles, el dolor y la culpa me salían por los poros, pero de esa parte de mi historia conocía suficiente. Me pesaba demasiado no saber cómo tratar a la mujer que había reaparecido en mi vida y a la que machacaba con mis silencios y ausencias, incapaz de superar el duelo por mi esposa a la que seguía amando.

 

Maite calló unos segundos sopesando mis palabras. Luego, resopló con una media sonrisa y me dio una palmada en la espalda, sin paños calientes.

 

—Aibá, Mario... Tampoco te me pongas en plan drama, ¿eh? Que nos conocemos.

 

Se echó el pelo hacia atrás con un gesto enérgico y cruzó los brazos.

 

—A ver, las cosas como son: la has cagado pero bien, ¿no? Si llevas tantos días sin aparecer por casa, ¿qué coño esperabas? ¿Que te hiciera la ola? Pues lógicamente está quemada, joder. A ver si ahora te vas a echar a llorar.

 

Suspiré, pasándome las manos por la cara, abrumado ante tanta contundencia.

 

—Ya lo sé, Maite. Pero es que la voz que tenía... Está completamente rota.

 

—Pues claro que está rota, chico, no te jode —replicó, encogiéndose de hombros—. Le has hecho un feo de tres pares de cojones. Pero oye, ya está hecho. A lo hecho, pecho, y déjate de hostias. Venga, anímate, que con esa cara de funeral no vamos a ningún lado.

 

Maite no era mujer de quedarse estancada en los charcos del drama ajeno, y menos cuando la tarde aún prometía. Me vio hecho un guiñapo de culpa y decidió que ya valía de tanta penitencia. Se acercó por detrás, me aplastó los pechos en la espalda, apoyó la barbilla en mi hombro y me susurró al oído con esa firmeza tan suya:

 

—Además... Sevilla está a tomar por saco, ¿estamos? Ella se va de procesiones, pues tú estás aquí, conmigo. Y yo no tengo ninguna intención de moverme de esta cama, ¿eh?

 

Exhalé un suspiro largo intentando sacudirme el peso de Elvira.

 

—Maite, de verdad, no sé si...

 

—Chist —me cortó, dándome un mordisco seco en el lóbulo—. No pienses tanto, joder, que ya has pensado bastante por hoy y mira la cara de acelga que se te ha quedado.

 

Se deslizó con agilidad por el colchón obligándome a tumbarme. Se plantó a horcajadas sobre mis muslos; las líneas doradas de la persiana le cruzaron el cuerpo. Me cogió las manos con fuerza y se las puso en las caderas.

 

—A ver, que nos conocemos... Estábamos a mitad de una conversación cojonuda sobre mis labios de mariposa, ¿o qué? —soltó con una chispa de pura picardía en los ojos, inclinándose hasta que sus pechos rozaron mi torso—. Y es una falta de respeto tremenda dejar las cosas a medias, Mario. Venga, muévete un poco y demuéstrame que sigues vivo.

 

El olor de las axilas de Maite y la rotundidad con la que mandaba en la cama terminaron por romper el bloqueo. Encontré en sus ojos esa honestidad brutal que me volvía loco. La culpa seguía ahí, en el fondo, pero quería olvidar, aunque solo fuera hasta el lunes. Y ella era un torbellino imposible de ignorar.

 

Le aferré las caderas, tiré de ella hacia abajo y la besé con rabia y deseo, hundiéndome en el refugio de su cuerpo. Quería olvidar. Olvidarme de todo, aunque el lunes todo volviera a ser igual; quería olvidarme de Elvira, de Carmen, de mis errores y mis fracasos, de cómo su cuerpo menudo y casi infantil había despertado en mí una obsesión desconocida. Venga, ¿por qué no pecar una vez, una única vez? ¿Por qué soportar la tensión de negar un deseo abolido, penado y borrado por la sociedad? ¿Por qué no pensarlo, vivirlo en secreto y después olvidar que se ha hecho, pensado y vivido por una única vez? Para Maite no habría diferencia, sería sexo; para mí sería romper las barreras sin dejarlo salir y sin ponerlo en palabras, porque Maite sería incapaz de aceptarlo, ni siquiera de hablarlo. Y al final, qué más da: una vez no es nada si ayuda a olvidar, a olvidarme de todo. Si Carmen podía ser el objeto perverso de la obsesión de Tomás, ¿por qué no podía ser Maite, por una única vez y sin llegar a saberlo, el objeto perverso de mi recién descubierta obsesión? Olvidaba que todos los vicios comienzan por eso: por una primera vez.

 

…..

 

—¡Hostia, tú! ¿Pero qué te ha dado? Casi me descoyuntas. No irás puesto de algo o qué.

 

Me eché a reír sin ganas, la besé y la estreché.

 

—Tranquila, lo más que he probado ha sido algún que otro porro, y hoy no ha sido el día.

 

—Bueno, tú sabrás... —Resopló, mirándome con desconfianza. Estaba tan saciada que cerró los ojos y se dejó abrazar.

 

 

Día de perros

 

Había recuperado el hábito de correr devorando kilómetros entre senderos de piedra, jara y pino silvestre. Ahí arriba, lejos del asfalto, el aire limpio de la montaña purifica los pulmones a golpe de esfuerzo; la inmensidad del paisaje consigue alejar el ruido y las prisas del mundo, reducidos a una insignificancia. Correr allí no es solo entrenar el cuerpo, es una vía de escape ideal para limpiar la mente.

 

Durante una de mis rutas habituales, bordeando el sendero que sale de casa, divisé una silueta unos metros por delante. El chico mantenía un ritmo constante y ágil, no me costó nada dejarlo atrás.

 

Al llegar a las inmediaciones de las lagunas altas, el cansancio pidió un respiro. Poco después, me alcanzó. Nos saludamos con la cabeza y se sentó a descansar en la misma roca plana en la que yo estaba asomada al agua cristalina. Intentamos cruzar un par de frases, pero la conversación murió enseguida. El sol empezaba a caer y la superficie de la laguna reflejaba los últimos destellos de la tarde. Confieso que miré el agua con muchísima tentación, pero deseché la idea de nadar. No estaba sola, la tarde agonizaba y, además, aún podía pasar algún excursionista rezagado.

 

Sin embargo, el esfuerzo me pedía alivio a gritos. Me agaché en la orilla y empecé a refrescarme brazos, hombros, cara y cuello. Qué delicia; esas gotas heladas me devolvieron la vida. El corredor se acercó y ahí sí, rompimos el hielo. Esta vez la conversación fluyó de otra manera, entre risas, confidencias y anécdotas de la montaña. Conectamos enseguida.

 

El regreso fue un descenso rápido, rítmico. Terminamos la jornada en la terraza del bar de mi tocaya, Carmen, arreglando el mundo y cambiando impresiones mientras tomábamos unas bebidas isotónicas. Al despedirnos, la atracción era patente.

 

—Mañana volvemos a subir, si te apetece —propuso, mirándome a los ojos.

 

—Más temprano —le respondí, acortando la distancia—. Mucho más temprano.

 

Quedamos al amanecer, cuando el cielo apenas empezaba a teñirse de un azul violáceo precioso y la bruma flotaba sobre los senderos. El ascenso fue exigente, pero yo venía con ganas. Desde el principio impuse un ritmo fuerte y constante; apreté el paso y empecé a sacarle una ventaja considerable devorando la subida con la agilidad que da conocer cada piedra del camino. Al pobre le costó lo suyo mantener el tipo.

 

A medida que ascendíamos, el tiempo se estropeó: las nubes cerraron el cielo y la brisa suave se transformó en un viento desapacible que anunciaba tormenta. Llegué a la cumbre sola; lo había perdido sin darme cuenta. Al alcanzar la laguna mayor, bajo esa luz plomiza y dramática, me detuve a admirar el paisaje; el agua parecía un espejo de mercurio. El cuerpo me pedía a gritos hacer lo que siempre hacía cuando estaba ahí arriba: nadar desnuda en el agua helada. Pero claro, en esta ocasión tenía compañía. La única vez que se me ocurrió hacer algo así salió bien (5), pero era como tirar una moneda al aire porque a este no lo conocía de nada; parecía un buen tipo y, por lo poco que habíamos hablado el día anterior, amable, simpático y culto. Me había contado que vivía en París y que era ingeniero informático, aunque todavía no me había quedado muy claro qué hacía exactamente por aquí. Desde luego, atractivo era un rato: Alto, de hombros anchos y tono aceitunado de piel propio de los magrebíes; poseía una fisonomía imponente que contrastaba con la calidez de su mirada. Tenía el cabello ensortijado, ojos oscuros y profundos y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. El candidato perfecto para hacer una locura... o para meterte en un problema.

 

Eché un vistazo alrededor, no había ni un alma y decidí hacer lo que me pedía el cuerpo. No quería nada con él, tampoco quería privarme del placer con el que solía cerrar las subidas a las lagunas hasta que el ladrillo las degradó. Aposté porque me encontrara ya en el agua cuando llegase... si es que llegaba con suficiente aliento, ya gestionaría después lo que el día me deparara. Prescindí de la ropa con movimientos rápidos y decididos, y respiré hondo plantándole cara a la ventisca.

 

—¡Vamos, al agua! —grité al vacío, liberando tensiones.

 

El rezagado llegó a tiempo de verme correr desnuda y zambullirme en las aguas gélidas. El impacto térmico, lejos de asustarme, me llenó de una vitalidad salvaje. Nadé como una desesperada dando fuertes brazadas. Oí gritos en la orilla; era él, bufando y tiritando de forma descontrolada. Al verlo dudar, paralizado ante el frío y el viento, no pude evitar romper a reír. Empecé a picarlo y a burlarme para provocarlo. «¡Vamos, que no se diga!». Nuestras voces retumbaban en el silencio de la montaña. Él, con el orgullo un poco tocado, se terminó de desnudar a regañadientes —vaya, no estaba nada mal— y se lanzó al agua.

 

El frío inicial dio paso a un juego frenético y divertidísimo. Empezamos a nadar compitiendo por ver quién llegaba antes a la roca que sobresalía en el centro de la laguna. Hubo aguadillas, salpicaduras y risas ahogadas. Yo, que me muevo muy bien en el agua, manejaba los hilos del juego a mi antojo: le daba ventaja, lo envolvía en improvisadas melés y lo provocaba para obligarlo a reaccionar y entrar en calor. Con tanta agitación, los cuerpos empezaron a buscarse. Los roces que al principio parecían accidentales se volvieron del todo intencionados en un continuo cuerpo a cuerpo; nuestras piernas se entrecruzaron bajo la superficie y, en un movimiento fortuito, su mano alcanzó mis pechos. Protesté con una falsa indignación, pero con una sonrisa que me delataba; lo entendió y a la próxima que atrapó desde atrás mis tetas pronuncié un “¡eh!” de advertencia nada convincente.

 

Nos encontramos en un beso intenso, con los labios entumecidos por el frío. Fue en ese abrazo subacuático cuando sentí la inequívoca respuesta: su anatomía presionaba contra mi muslo, firme y ajena a la temperatura del agua. Deslicé una mano por debajo de la superficie, envolviéndola para calibrar la intensidad de su deseo. Abrió los ojos de par en par y me aferró por las caderas con una fuerza que no le calculaba. Enredamos las piernas y nos besamos con auténtica furia.

 

—Fuera, o nos quedaremos congelados aquí dentro. —le siseé al oído; el labio inferior empezaba a temblarle, síntoma de hipotermia.

 

Salimos de la laguna con la sangre galopando a mil por hora. Me sacudí el agua y me planté frente al viento con los brazos en cruz, disfrutando de la evaporación que me hacía sentir poderosa y libre. Podía notar sus ojos devorándome mientras intentaba, con bastante poca maña, usar una toalla que a todas luces era demasiado pequeña para él. Al final desistió, más atento a verme entregada a la inclemencia del tiempo como si el viento me acariciase.

 

—Este es mi territorio, aquí me siento como en mi casa. —dije, respondiendo de alguna manera a su estupor.

 

—Te envidio.

 

—¿Por qué?

 

No supo responder.

 

Seguía encarada al viento secándome con cada racha; notaba la sangre galopando por mis venas y la piel anestesiada sin rastro de frío o calor. Su mirada no me provocaba otra cosa más que orgullo por ser capaz de dominar mi cuerpo. Aunque era consciente de lo que él sentía —cómo no serlo—, estaba desnuda, ofrecida al viento helado, y él me miraba; no dejaba de hacerlo.

 

—Por ser tan libre. —respondió al fin. ¿Sería sincero? Lo iba a saber enseguida.

 

Me acerqué a unos arbustos que flanqueaban el prado porque no aguantaba las ganas de hacer pis. ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué me lo impedía? Allí mismo, erguida y con las piernas bien abiertas, me separé los labios y me alivié; no estaba dispuesta a andar con remilgos ni a renunciar a ser yo misma. El chorro brotó fuerte, grueso y humeante cayendo en la hierba más allá de mis pies. Mientras meaba, una oleada de recuerdos me recorrió el cuerpo. No era la primera vez. Ahí estaba Doménico, las madrugadas en la ducha, la libertad recuperada; y la viva imagen de Jorge en este mismo lugar. Había algo profundamente adictivo en reclamar esa igualdad con el varón, en orinar de pie sin complejos ni pudores allí donde y como una mujer puede hacerlo: desnuda, en la ducha o en la naturaleza.

 

Escuché sus pasos. Me había olvidado de él. Llegó a mi lado y estudié su reacción. Podía pasar cualquier cosa: que respondiera bien, que se escandalizara o, en el peor de los casos, que tuviera que neutralizarlo; pero esa soy yo, al natural, y no tenía intención de ocultarme. Se quedó fascinado mirándome. Probablemente nunca había visto a una mujer hacerlo de pie como un hombre. Espoleado por la escena, se colocó a mi lado, se sujetó el miembro e intentó acompañarme, aunque la media erección le complicaba bastante la tarea. Tras unos segundos de concentración lo consiguió: un chorro vigoroso salió disparado a gran distancia rebasando el mío. En esto, los hombres siempre nos ganan.

 

Su mano empuñaba la verga, el flujo dorado cruzaba el espacio... y volví a mirarlo con franqueza. Él hizo lo mismo clavando la vista en el caño que aún brotaba de mi vulva. Éramos dos iguales; creo que lo entendió de la misma manera que yo, aunque mis tetas le nublaran el entendimiento. En un arrebato travieso, le di un suave golpecito desviándole la trayectoria. Él protestó, entre sorprendido y divertido, yo solté una carcajada antes de salir corriendo de vuelta a la orilla. Me agaché, aventé agua fresca con la palma de la mano y me enjuagué.

 

Se apresuró a seguirme antes de que me diera tiempo a incorporarme y se agachó a mi lado con la misma intención. Me aventuré, aunque no lo conocía bastante como para llegar a tanto: le arrebaté el miembro y lo lavé con un cuidado extremo devolviéndole en parte esa dureza que el frío amenazaba con adormecer. Me gustaba hacerlo —aún me gusta—, él no se mostró reacio y me entretuve más de lo necesario, lo sé, pero era tan agradable sentirlo dócil en mis manos que lo disfruté. Empezó a temblar, víctima de una brutal de excitación por mis atenciones y por el azote del viento sobre su piel húmeda.

 

—No sé cómo aguantas el frío —alcanzó a decir, dejándose hacer—, hace un día de perros.

 

—Si lo entrenas, el cuerpo se acostumbra a todo —le respondí, mientras mimaba su sexo como si fuera un animalillo. Fue una escena singular: los dos en la orilla, enjuagándolo entre mis manos, hablando de cosas triviales. Si no hubiera hecho tanto frío, lo habría hecho durar más porque ni él ni yo queríamos que acabase. Si no hubiera hecho tanto frío…

 

Terminamos compartiendo mi toalla. Lo froté con energía para que entrara en calor y no se me congelara allí mismo. Yo misma había empezado a notar que estaba al límite. Por suerte, el viento había amainado. La extendimos a cobijo de los matorrales y nos sentamos a ras de suelo a cobijo del viento aprovechando los tímidos rayos de sol que empezaban a templar el prado. Me acomodé sin pararme a pensar en las formas: sentada sobre la toalla, flexioné las piernas; la izquierda cayó de lado en el suelo, crucé el pie detrás del otro. Entrelacé las manos en la rodilla que se mantenía erguida y estiré la columna, como si me desperezase. Era demasiado para él: sus ojos volaron descontrolados de mis pechos a mi vulva, mientras yo iniciaba una conversación de lo más trivial sobre el paisaje, la naturaleza y la vida lejos de la ciudad.

 

¿Por qué lo hice? ¿Qué pretendía? Nada; no había subido a la sierra buscando nada. Tenía en Madrid todo el sexo que pudiera querer y, si acaso quisiera más, siempre podría acudir a Lauri, ¿no? No había dejado de darle vueltas a la historia de la señora para la que trabajaba. Aquí… buscaba otra cosa. Sin embargo, la entrada en escena del desconocido me había dado un motivo para desconectar, ya que el mero hecho de alejarme no estaba funcionando. Tal vez por eso estaba sentada delante de él, en pelotas, con las piernas abiertas, el coño en primer plano y la cabeza fría como un electroencefalograma plano.

 

Mientras tanto él, sentado en la misma postura —piernas cruzadas, una flexionada, la otra caída—, mostraba una erección soberbia que el frío amanecer no conseguía tumbar y era todo un placer mirar. Sabía que esa batalla contra el clima la teníamos perdida: no aguantaríamos mucho más el viento helado, nuestra temperatura corporal caería en picado si no nos movíamos.

 

Poco a poco, la tensión sexual dio paso a una charla fluida propia de dos excursionistas. Yo sentía el terreno abonado para ir más allá; por mí, adelante. Pero él, o no supo leer las señales —algo difícil de creer— o el rigor de la cumbre le apagó el impulso. No me importó, ya me desahogaría en casa. Nos vestimos y emprendimos el regreso al pueblo a un ritmo ágil, dejando que todo el deseo contenido se quedara allí arriba, flotando como la bruma sobre las aguas de la laguna.

 

Una historia prestada

 

 

Pasaron dos días sin que coincidiéramos, pero él seguía muy presente en mi cabeza y alguna que otra vez en mis dedos. Una tarde, cuando regresaba de correr, lo divisé a lo lejos cruzando la plaza y el corazón me dio un traspiés. Al verlo, me asaltó una oleada de pensamientos y deseos que no pienso confesar: habría dado lo que fuera por encontrármelo arriba, en las lagunas, revivir el momento en el que me desnudé para nadar, o al salir del agua. O dispuesto a orinar codo con codo conmigo. ¿Qué demonios tenía ese hombre para haberme trastornado tanto?

 

Resultaba sumamente atractivo. Era moreno, y sus marcados rasgos magrebíes me provocaban un deseo irracional, una mezcla de misterio y química pura. Me detuve a su lado apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento y disimular el vuelco que me había dado el pecho al verlo. Tras unas frases de cortesía, la atracción mutua nos arrastró directos al interior del bar. Allí, entre café y confidencias, por fin supe su nombre: Tarek. La tensión en la mesa era tan evidente que el aire chispeaba. Dejándome llevar por un impulso, lo invité a casa. ¿Me estaría equivocando? No lo conocía de nada.

 

Cruzamos el umbral y el peso de la realidad me golpeó de lleno. ¿Qué estaba haciendo metiendo a un extraño en casa? Intenté disimular los nervios y ganar algo de tiempo; le ofrecí algo de beber mientras señalaba el sofá.

 

—Ponte cómodo. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café o prefieres una cerveza?

 

Serví dos cervezas y, antes de volver, tuve ocasión de comprobar el aspecto que tenía: venía hecha un auténtico desastre tras la carrera, con el pelo mal recogido, las mejillas encendidas por el esfuerzo y la ropa de deporte pegada al cuerpo.

 

—Dame solo un minuto —me disculpé con una sonrisa—. Necesito cambiarme de ropa y asearme un poco. Vengo impresentable.

 

Tarek no se había sentado. A unos pocos pasos de mí, me recorrió con una mirada lenta y cargada de una honestidad que me congeló en el sitio. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.

 

—No te disculpes —dijo con una voz profunda y pausada que parecía vibrar en las paredes—. No hay nada más atractivo que una mujer sudada.

 

El comentario cayó como una descarga. Me quedé sin palabras, con las respuestas atascadas en la garganta y las mejillas ardiendo por una razón bien distinta a la carrera. Su audacia me descolocó por completo. Incapaz de sostenerle la mirada sin delatar el vuelco que me había dado el corazón, me di la vuelta y salí del salón a toda prisa, buscando el refugio del cuarto de baño.

 

Una vez dentro, apoyé la espalda contra la puerta y exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo. Tenía el pulso acelerado. Me desvestí a contrarreloj, dejé caer la ropa al suelo, y me metí en la ducha. El agua arrastró el sudor de la carrera, pero no la calidez de sus palabras que seguían resonando en mi cabeza. Me aseé a toda prisa consciente de cada segundo que pasaba y de la presencia de Tarek al otro lado del pasillo.

Al salir, con la piel aún húmeda, busqué en el armario algo sencillo: unos pantalones cortos de lino y una camiseta básica de algodón. Impulsada por una extraña combinación de desafío y morbo, rebusqué en la cómoda y encontré un conjunto olvidado de ropa interior de encaje negro. Me lo puse rápidamente antes de que me arrepintiera. Al ver mi reflejo en el espejo, con la lencería sugerente, un pensamiento me asaltó con fuerza: “¿Serás idiota, qué demonios crees que estás haciendo? No lo conoces de nada». Me pasé una mano por el pelo aún húmedo, respiré hondo para aplacar los nervios que me atenazaban el estómago y, con el corazón latiendo a un ritmo acelerado, ignoré la advertencia de mi propia mente.

 

Una vez en el salón, la conversación se volvió mucho más íntima y pausada. Al hablar de nuestras vidas, Tarek mencionó que había vivido en París ocho años. Yo le conté que era mi ciudad soñada. Con una voz melancólica y precisa, empezó a enumerar rincones que yo conocía a la perfección: las laberínticas y empedradas calles de Montmartre, el bullicio bohemio del Barrio Latino y, por supuesto, la majestuosidad de los Campos Elíseos.

 

Entusiasmada por la coincidencia, me levanté para mostrarle algo muy especial. Saqué de la vitrina un pequeño recuerdo que habíamos traído de uno de nuestros primeros viajes a la capital francesa hacía mucho tiempo: una réplica en miniatura de un carrusel clásico parisino, hecha de porcelana fina pintada a mano y bronce envejecido. Tenía un mecanismo musical oculto en la base y, al darle cuerda, los diminutos caballos subían y bajaban bajo un techo decorado con querubines barrocos. Tenía un valor sentimental incalculable.

 

Sin poder evitarlo, recordé con una nitidez dolorosa el frío día otoñal en que Mario me lo compró en un mercadillo de antigüedades junto al Sena. Una punzada de nostalgia me atravesó el pecho; cerré los ojos un instante, respiré hondo y me obligué firmemente a apartar aquel fantasma de mi cabeza. Tarek estaba allí, y el presente reclamaba toda mi atención. Empezó a tararear una canción que me hizo sonreír.

 

Aux Champs-Élysées / Aux Champs-Élysées

Au soleil, sous la pluie / À midi ou à minuit

Il y a tout c'que vous voulez / Aux Champs-Élysées (6)

 

Terminé uniéndome al estribillo de la canción, y la pena desapareció, disuelta por la música.

 

—Espera —le dije con los ojos brillantes.

 

Busqué entre la colección de CD. A los pocos segundos, la voz grave de Joe Dassin inundó el salón. Empecé a cantar moviéndome con una sensualidad lenta y provocativa clavándole la mirada. Tarek se levantó y me envolvió en sus brazos. Bailamos pegados al ritmo de la música; los besos, dulces y tiernos al principio, se volvieron impacientes, hambrientos y cargados de necesidad. Me empujó contra la pared, con movimientos rápidos y un punto rudos, me quitó la camiseta y me bajó el pantalón; se abrió paso en mi intimidad sin preámbulos. Era una locura absoluta, desbordante.

 

—No te corras hasta que yo lo diga.

 

—Qué… ¡qué dices…!

 

—No quiero oír ni un susurro —murmuró en mi oído.

 

Aún hoy no encuentro palabras para describir lo que se revolvió dentro de mí. Conseguí reaccionar e intenté hacer lo que me pedía: contener tanto el torrente de sensaciones que irradiaban desde sus dedos, profundamente hundidos en mí, como el aluvión de emociones que bombardeaban mi cabeza. Tarek demostró una habilidad y un ritmo tan fríamente calculados que resultó imposible frenar el orgasmo. Me asaltó de golpe, rompió todas mis defensas; no lo pude controlar.

 

Antes de que pudiera recuperarme, se apartó como si yo ya no le interesara; caminó hacia el ventanal decepcionado, incluso molesto. Desconcertada ante su reacción, presa de una extraña desazón, salí de la estancia.

 

—Voy al baño —acerté a decir. Necesitaba desesperadamente unos minutos, un poco de agua fría en la cara y estar sola para serenarme.

 

No entendía qué le había pasado, y menos aún qué me había pasado a mí. Había sentido temor y atracción a partes iguales. Temor sin motivo; atracción por participar en un juego que me sometía al capricho de un desconocido, donde mis deseos carecían de valor. Si me hubieran dado a elegir, a pesar de todo habría optado por quedarme y acatar su mandato: bloquear mi placer hasta que él decidiera. Eso es lo que intenté, y fallé.

 

¿Quién lo dice? ¿fallé por permitir que mi cuerpo siguiera su instinto? ¿eso es fallar?

 

Cuando salí, el silencio en la casa era absoluto.

 

—¿Hola? —llamé, presa de una extraña sospecha. Nadie respondió—. ¿Tarek?

 

Recorrí la casa, lo llamé por todas partes, me asomé al jardín... nada. Tarek se había marchado sin dar una explicación sembrando una estela de desconcierto. Paseé los ojos por la estancia, completamente confusa, y, de repente, sentí que el estómago se me encogía. En la vitrina, justo en el lugar donde lo había colocado tras mostrárselo, faltaba mi preciado carrusel de París.

 

—No me lo puedo creer… —mascullé entre dientes sumida en un calvario de rabia e impotencia. El desgraciado me había robado un pedazo de mi propia historia.

 

 

El duelo de Elvira

 

Elvira no esperaba que Mario volviera a su vida de esa manera, como un eco de los años de juventud que reaparece en medio de una tormenta ajena. Cuando Carmen le abrió la puerta a una vida con el hombre al que amaba desde su juventud, se dijo a sí misma que era una segunda oportunidad que el destino les debía después de la ruptura adolescente que les había marcado a ambos.

 

Pronto empezó a ver las grietas. Mario sonreía, hablaba, la tocaba con una ternura que parecía genuina, pero en sus ojos había una ausencia que no lograba disimular. Era como si estuviera presente solo a medias, como si una parte de él siguiera atrapada en el piso que había compartido con Carmen, en las rutinas que habían construido juntos. Elvira lo notaba en los silencios repentinos durante la cena, cuando él se perdía mirando el plato; en las noches en que se despertaba y lo encontraba fumando en la terraza con la mirada fija en la ciudad. Preguntaba con cuidado —«¿Estás bien?»—, y él respondía con un «Sí, claro» que sonaba a excusa.

 

Su propio duelo se instaló entonces, sutil pero persistente, como una llovizna que cala sin hacer ruido. No era solo por Mario; era por la versión idealizada de él que había guardado en su memoria todos esos años. El joven apasionado, sin cargas, que ahora se revelaba como un hombre herido, sangrando por una mujer que lo había dejado. Elvira se sentía como un bálsamo temporal, un salvavidas al que se agarraba para no hundirse del todo, pero que no era suficiente. Intentaba no compararse con Carmen —esa figura etérea que Mario mencionaba a veces en anécdotas casuales, siempre con un tono neutro que delataba el dolor—, pero era inevitable. ¿Por qué ella no podía llenar ese vacío? ¿Qué tenía Carmen que Elvira no podía replicar?

 

La rabia aparecía en momentos inesperados. Rabia contra Mario por usarla como consuelo, por no ser honesto del todo. Rabia contra sí misma por aceptar el papel de segunda opción, la que está ahí cuando hace falta, pero no es la elegida. En esas noches en que no regresaba, o después de que se durmiera a su lado, Elvira se quedaba despierta, con un nudo en el pecho que no era de celos, sino una tristeza profunda por lo que podría haber sido. Recordaba su propia historia: el alejamiento de Mario en su juventud, los años con Santiago, la soledad que había aprendido a llevar con dignidad. Ahora, al recuperarlo, se daba cuenta de que no era una victoria; era otro capítulo de pérdida disfrazada de esperanza.

 

Lo peor eran los gestos involuntarios de Mario que la hacían sentir invisible. Cerrar los ojos durante el amor, como si imaginara a otra; mencionar hábitos que eran de Carmen sin darse cuenta; esa distancia emocional que crecía en los días buenos, cuando parecía que avanzaban. Elvira intentaba llenar el espacio con su propia calidez: cocinaba sus platos favoritos, planeaba salidas, le enviaba mensajes divertidos durante el día. Por mucho que se esforzara, el vacío persistía. Se convencía de que con tiempo todo cambiaría, que Mario sanaría y la vería de verdad. En el fondo sabía que era una ilusión: su duelo era por un amor que no era completo, por un hombre que pertenecía a otra.

 

Con los días, Elvira aprendió a convivir con esa pena callada, con sus silencios y sus ausencias. Salía con amigas, se refugiaba en el trabajo, se permitía llorar en la ducha donde nadie la oía. No era el duelo explosivo de una ruptura fresca; era uno lento, corrosivo, de quien ama sabiendo que no es suficiente, nada es suficiente. A veces, mirándolo dormir, sentía una ternura mezclada con resignación: lo quería, sí, pero no podía salvarlo de su propio luto. Y en esa aceptación, empezaba a vislumbrar su propia salida: quizás dejarlo ir de nuevo para no convertirse en un eco más de lo que nunca fue.

 

Así, el duelo de Elvira se tejía en silencio, entre las sábanas compartidas y los cafés matutinos. No era solo por Mario; era por la ilusión de un reencuentro perfecto que la realidad se había encargado de desmontar. Y aunque dolía, también la hacía más fuerte: le recordaba que algunos salvavidas no salvan a nadie, solo mantienen a flote hasta la siguiente ola.

 

 

Citas

 

1 Stop Sam Brown.

 

2 Cómo es él. Jose Luis Perales 1982

 

3 Parole parole. Mina 1972

 

4 Keep the costumer satisfied. Simon & Garfunkel 1970

 

5 Capítulo 111 Las lagunas Julio 2018

 

6 Les Champs-Elysées. Joe Dassin 1969

 

 


1 comentario:

  1. No he podido terminar de leerlo, tengo un nudo en la garganta.
    Es el capítulo más triste de todos lo que ha habido. Esta noche seguiré, ahora no puedo seguir, me supera.

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